AMANTES

AMANTES

Sentados en la pequeña mesa junto a la ventana, veían pasar a los transeúntes, despreocupados en apariencia, sin advertir su presencia.

Dentro, ella le cogía las manos y él se dejaba llevar. Ella lo miraba apurando las últimas gotas de café y él le sonreía. Al final salían juntos, abrazados, contentos y enamorados hasta la semana siguiente que volvían con el mismo ritual.
Conforme pasaba el tiempo, esas manos dejaron de juntarse, las miradas dejaron de buscarse y las sonrisas perdieron su complicidad.

Ahora es ella la que, sentada, lo recuerda con sus hijos. Porque para ella, él sigue siendo su amante, sigue alargando las manos que ahora cogen sus hijos, sigue buscando en sus miradas los ojos de él. Los de él son ahora unos ojos que no ven, una mirada perdida en el olvido, una mente sin memoria. Y ella sonríe a sus hijos y en ellos, sigue viendo a su amante.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.