Categoría: Historias

AMANTES

AMANTES

Sentados en la pequeña mesa junto a la ventana, veían pasar a los transeúntes, despreocupados en apariencia, sin advertir su presencia.

Dentro, ella le cogía las manos y él se dejaba llevar. Ella lo miraba apurando las últimas gotas de café y él le sonreía. Al final salían juntos, abrazados, contentos y enamorados hasta la semana siguiente que volvían con el mismo ritual.
Conforme pasaba el tiempo, esas manos dejaron de juntarse, las miradas dejaron de buscarse y las sonrisas perdieron su complicidad.

Ahora es ella la que, sentada, lo recuerda con sus hijos. Porque para ella, él sigue siendo su amante, sigue alargando las manos que ahora cogen sus hijos, sigue buscando en sus miradas los ojos de él. Los de él son ahora unos ojos que no ven, una mirada perdida en el olvido, una mente sin memoria. Y ella sonríe a sus hijos y en ellos, sigue viendo a su amante.

Piel de algodón

Piel de algodón

“Tu piel es suave como el algodón”, le decía a mi hijo de dos meses, tumbado en la cunita.
“Tu piel es suave como el algodón”, le decía a mi hijo de dos años, dormido en su camita.
“Tu piel es suave como el algodón”, le dijo mi hijo a su madre acariciándole la cara.
“¿Qué es el algodón, papá?”, me preguntó mi hijo con diez años.
“Un día, te llevaré a ver un campo de algodón”, le contesté.
Pasaron varios años y él le repetía a su madre lo mismo sin haber visto nunca una flor de algodón.
Fue en un viaje. Íbamos los dos porque su madre ya no estaba con nosotros. El campo era blanco y la vista espectacular. Él caminaba con los ojos completamente abiertos, despacio, maravillado. Cogió una flor, se arrodilló en mitad del campo y lloró. No podía articular palabra.
– ¿Qué te pasa hijo?
– Sí – me contestó entre sollozos – Mamá tenía la piel como el algodón.

Lágrimas de otoño

Lágrimas de otoño

La recuerdo sentada en aquel banco. Fue en primavera cuando la conocí, el blanco brillante, como su cara, dulce y sonriente. Sus piernas, fuertes y bien torneadas, una sobre otra. Excitaba solo mirarla.
Vino el verano y pasábamos las tardes, charlando, contándonos nuestras vidas y deseándonos. En otoño nos daba tristeza. Veíamos caer las hojas y la nostalgia le hacía derramar alguna lágrima. Y en invierno quedábamos solo alguna mañana dominguera a comer churros con chocolate. Los inviernos eran largos y a veces nos hacían olvidar las otras estaciones.
Así es la vida. Y ahora, al pasar por allí, no puedo más que recordar aquellas lágrimas que ahora son las mías.

Olor a cardenales

Olor a cardenales

El rocío de la mañana mojaba mis pies por donde pasaba. Caminé por aquellos andurriales hasta que tropecé con una casa singular rodeada de gladiolos, azucenas y lirios. Además, el aroma de lavanda se esparcía en el aire al rozarla con las manos. Pero sobre todos ellos, destacaban unos geranios rojos.
– Hermosos geranios tiene usted – le dije a la mujer que los cuidaba.
– Son cardenales – me puntualizó – Así los llamamos allá, por tierras chilenas.
– Pues huelen muy bien.
– Sí, es el olor a cardenales.
Cardenales. Curioso, pensé. Entonces asocié el color de la flor con el de los clérigos y reí para mis adentros

El olfato

El olfato

Cada mañana, para ir al trabajo, ella pasaba por el parque.
Sentado en un banco, él esperaba su presencia que le alegraba al alma.
Ella iba siempre contenta, con el paso firme, su falda por encima de la rodilla y una amplia sonrisa que hacía que todos los hombres se giraran al verla.

Un día, él no pudo ir a esperarla y ella, cuando pasó por delante de aquel banco sintió que le faltaba algo. Se paró un momento girándose a todos lados y siguió su camino un tanto desconcertada.

Al día siguiente se dio cuenta que todo volvía a la normalidad y sonrió.
– Ayer no viniste, le dijo sentándose a su lado.
– ¿Cómo lo sabes? – le preguntó él.
Los dos sonrieron. Los dos eran ciegos.

Los dos llevaban siempre un ramillete de nardos en la solapa y ese olor, hacía que se reconocieran.

Tres rosas

Tres rosas

El sol invernal entraba por los grandes ventanales de la cafetería y un pequeño rayo se posaba encima de la rosa que, indefectiblemente, llevaba el hombre a la mujer todos los domingos. Pasarían de los ochenta, pero iban impecablemente vestidos.
Un día llegó y contrariado, vio que la mujer no estaba. Después de hablar con el camarero, dejó la rosa en un vaso de la mesa. A partir de entonces, el rito cambió y la flor quedó sola.
Otro día dejó de venir el hombre y, después de hablar con el camarero, decidí ser yo el que dejara dos rosas encima de la mesa. Mi amada me preguntó por qué lo hacía y le conté la historia.
Ahora, llevo tres rosas. El camarero me pregunta y le digo: son para ellos.

Déjate llevar

Déjate llevar

Déjate llevar, decía una voz en mi interior. Mi cabeza daba vueltas, cansado, mareado, agotado. Tan cansado estaba que no podía caminar.
Déjate llevar, me seguía diciendo. Me senté y cerré los ojos un momento. Saldría a volar, saldría a nadar, saldría a reír, a dejarme llevar, sí, eso es.
Me desnudé y me fui a la playa. Eran las nueve de la noche. El mar calmado, los últimos rayos golpeaban la orilla y mi sombra alargada iba delante de mí.
Déjate llevar. Me tumbé en el agua y cerré los ojos. Los oídos tapados por el agua, me dejaban escuchar el sonido del silencio. El agua me balanceaba y sin más, me dejé llevar.

Beso robado

Beso robado

No sabía cómo hacerlo y aquélla era la única forma que se me ocurrió. Sus labios me supieron a gloria y su mirada, extrañada, aunque la esperaba, me dolió. Yo la veía cada tarde llegar corriendo y, a mi altura, se paraba a mirar el mar. Yo estaba sentado, detrás y pensaba cómo hacer para besarla.
Fue todo muy extraño porque, después de pararme a mirar el mar, como siempre hacía a aquella altura, al girarme, alguien me robó un beso. Nos quedamos mirándonos un segundo, me pidió perdón y se fue. ¿Premeditado? Seguramente, pero lo hizo limpiamente y en verdad, me gustó.
El sol se escondía y frente al mar le pregunté si se acordaba de aquel primer beso. No me dijo nada, nos cogimos de la mano y seguimos mirando la puesta del sol.

El maletín

El maletín

La verdad es que desde pequeño me atrajo la medicina, seguramente influenciado por el metge Monfort, que vivía cerca de mi casa, en el número uno de la misma calle, al lado del Porxet, una de las entradas al pueblo en tiempos antiguos.
El metge era hombre serio, formal, reservado, sin amigos y que solo vivía para su trabajo. La primera vez que lo vi fue en casa. Mi padre estaba en la cama, enfermo, no sé de qué. Yo no tendría más de seis años. El metge estaba sentado en una silla a su cabecera. Abrió su maletín, le auscultó el pecho y le cogió un brazo, seguramente para saber su pulso. No sé qué le dijo a mi madre, no lo recuerdo, pero al cabo de unos días, mi padre se levantó y se sentó en una silla en el comedor. Estaba mejor. Cuando volvió el metge, le dio una palmada en la espalda y le sonrió, fue solo un instante. Yo entendí que ya estaba bien. El metge se fue con su maletín, callado, como una sombra. Yo sabía que en ese maletín llevaba los remedios de todas las enfermedades. Siempre iba con él a todas partes y cuando lo abría, la gente se curaba. Desde entonces admiré a ese hombre y siempre quise ser como él.

El farolero

El farolero

La tarde empezaba a debilitarse empujada por la fuerza de una noche que avanzaba sigilosamente. En los días de invierno era ésta la gran vencedora en el cómputo diario. Por su parte, la temperatura, que se había mantenido a duras penas por encima de los diez grados, empezaba a desplomarse como si la noche ejerciera presión sobre ella. Era una lucha diaria en la que de antemano se conocía quiénes iban a ser los vencedores y quiénes los vencidos.

Domingo García, sabiendo dicho resultado, iba enfundado en su abrigo y forrado con su bufanda dejando solo los ojos a merced de una intemperie en la que la noche empezaba a adueñarse del día.

Delante de él, Fabián el farolero, con su boina, chaqueta de pana y cigarrillo en boca, empezaba a encender las primeras farolas de las esquinas, dando así un ambiente mortecino a unas calles que de por sí ya lo eran a plena luz del día. Con su vara encendida, iba prendiendo la mecha a cada farola con la que se tropezaba. Tenía una habilidad de años que le permitía encender una farola en un abrir y cerrar de ojos.