Categoría: Historias

Tarde otoñal

Tarde otoñal


La tarde tocaba a su fin y la gente empezaba a marcharse después de una tarde de paseo otoñal. Los jóvenes iban en cuadrillas armando jarana y los mayores, con sus pasos pausados y calmados, bajaban las escaleras hacia la salida. Pocos eran los que aún seguían sentados en los bancos de piedra que rodeaban el paseo.

Isabel y Juanma, charlaban sentados en uno de esos bancos recordando tantos años pasados juntos. La glorieta, testigo mudo del paso del tiempo a lo largo de varias generaciones, había sido el lugar elegido por ellos para evocar esas épocas pasadas. Hablaban con cierto miedo, como si no se conocieran. La conversación se estancaba en largos silencios. Ella estaba nerviosa al mirarlo a la cara y desviaba la vista constantemente…

El molino de harina

El molino de harina


Desde fuera apenas era una casa, más pequeña de lo normal. El río se desviaba por medio de unas trampillas y la atravesaba desde abajo. Cuando estuvo más cerca, miró y vio una rueda horizontal que giraba a toda velocidad unida a un eje vertical que subía hacia arriba directamente a la casa.

Entró y se quedó un poco sorprendido porque apenas se veía nada. Un ruido de traqueteo se oía desde fuera y al entrar vio que se trataba del golpeteo de un eje contra una especie de bandeja por donde caía el grano para ser molido, de esa forma, el mismo movimiento del eje ayudaba a caer el grano que un hombre descargaba desde un saco. Por una pequeña rendija iba saliendo la harina ya molida que caía en una tolva desde donde el mismo hombre la vigilaba y luego recogía y guardaba en sacos.

Accedieron por una escalera y al llegar a la parte inferior vio el corazón del molino. Eso sí que es lo que esperaba. Se veía perfectamente cómo caía el grano desde arriba por un agujero al interior de dos piedras circulares. Una era fija y la otra es la que se movía por la acción del agua.

Un hombre le explicó que arriba había una tuerca con la que regulaba la distancia entre estas piedras. Si estaban muy separadas, apenas se molía el grano y según el grosor de la harina que se quisiera, las juntaba más o menos. Cuando cerraba el molino, separaba las piedras primero y luego con una palanca, se atrancaba el eje de la rueda para que no se moviera.

Sentado en mi calle

Sentado en mi calle


En mi calle crecí, jugué y aprendí a leer en la escuela.
Sentado en mi calle veía a la otra crecer
Al principio unos chalets, alrededor de los cuales se formaron las calles:
El chalet deL’Ereta, el de les boles, la fábrica de sombreros, la Hidroeléctrica.
Apareció la carretera del Dos de Mayo, después la casa de Peralta y Martínez Valls con la fábrica de Coll.
Sentado en mi calle veía los primero árboles y las primeras casas.
Los años pasaban y mi calle seguía igual mientas en la otra aparecieron tiendas, coches y desaparecían los campos. Cada vez más larga, cada vez más gente.
Sentado en mi calle, yo seguía jugando mientras en la otra no se podía ni pasar.
Mi calle se fue abandonando, pero, aunque la otra era la mejor del pueblo
Yo, podía seguir estando sentado en mi calle.

Las glosas emilianenses

Las glosas emilianenses


La vista, que al principio se paseaba entre naranjos, empezó a divisar viñedos y el cielo, antes azul, se tornó blanco y gris oscuro por momentos. La temperatura fue bajando y cuando llegamos, parecía que estábamos en otro país, en otro mundo, en otro tiempo. El pueblo, San Millán de la Cogolla; el monasterio, el de Yuso; la posada, la de San Millán, aledaña al monasterio, privilegiada, solitaria y el río, el Cárdenas. Las nubes cubrían el cielo y parte de las montañas en aquel valle silencioso, testigo mudo de un tiempo en el que los monjes se dedicaban a fabricar códices hechos de pergaminos y escritos con bellos colores a base de vino tinto, yema de huevo y tierras rojizas. El monasterio de Suso, allá arriba, tan pequeño, tan solitario, tan olvidado, donde Gonzalo de Berceo escribió sus poemas, los primeros escritos en lengua castellana. Y el de Yuso, abajo, imponente, construido para seguir las labores de los monjes y donde alguien escribió unas notas, unas glosas, en los mismos códices escritos en latín. Por la noche, en la posada, se me aparecían mil imágenes de frailes escribiendo con sus cantos gregorianos que inundaban las estancias. Y después, las de alguien que, pasados los años y con el afán de que se entendieran aquellos textos en latín, escribía, en la lengua del pueblo, el significado de muchas de las palabras que ya nadie comprendía. Y el sueño no llegaba porque la emoción se lo impedía. Estás en la cuna del castellano, me repetía una y otra vez. Una campanada me anunció la hora y los ojos se me cerraron. Había que estar dispuesto para empezar la ruta de los monasterios, para saborear la ruta del vino, para pasar por el camino de Santiago. Y todo, en la Rioja, contado en la lengua del pueblo, aquella cuyo primer testimonio fueron las Glosas Emilianenses.

La bodega misteriosa

La bodega misteriosa


A mí me gustaba bajar a la bodega vieja donde estaban las barricas de madera, donde el vino dormía. Yo no hacía ruido para no despertarlo, pero a veces, el abuelo bajaba y lo despertaba.
– ¿Por qué despiertas al vino, abuelo?
– Las impurezas se van depositando en la parte baja, entonces lo trasvasamos y limpiamos las barricas. De esa forma, poco a poco, se va limpiando el vino. ¿Lo entiendes?
Yo le decía que sí, pero no entendía eso de las impurezas.
Cuando me quedaba solo, miraba las paredes de piedra. El abuelo decía que esa bodega la construyó el abuelo de su abuelo, pero él no lo conoció.
La bodega tenía magia porque se estaba fresquito en verano, en cambio, en invierno se estaba calentito. Para que no se calentara mucho, había unos agujeros en el techo que el abuelo abría para que se ventilara la bodega. Para mí, todo era un misterio en aquella bodega

El lloro

El lloro

Aquella mañana de sábado, mientras estaba desayunando, mi hermana pasó por mi lado y me dio un cachete mientras me bebía la leche. Lo hizo porque le apetecía, porque era la mayor, porque hacía de mí lo que quería y yo me tenía que aguantar. Del golpe me cayó leche al suelo y protesté, pero de nada me sirvió porque cuando entró mi madre y vio la leche derramada, me dio otro cachete. Ya no me pude aguantar y empecé a llorar de rabia, de impotencia mientras mi hermana se reía.
En ese momento entró el abuelo y al verme llorando sonrió y me dijo:
– ¿Qué te crees, que solo tú lloras? ¿Quieres ver cómo lloran las cepas?
El abuelo era mi amigo y siempre estaba de mi lado. Pensé que quería consolarme y me dijo una tontería para ver si dejaba de llorar. El caso es que lo consiguió y me quedé mirándolo sin entender lo que decía. El seguía sonriendo, mirándome y animándome a que lo acompañara.
Eran los últimos días del invierno, la primavera asomaba, las primeras flores hacían su aparición  y las cepas dormían todavía. Pero al acercarme vi como humedad en el suelo, como si acabaran de caer gotas. El cielo estaba despejado. Miré otra cepa y pasaba lo mismo. El abuelo se agachó y me señaló un brote del que empezaba a salir una gota. Poco a poco fue aumentando hasta que por el peso, cayó al suelo.
– Eso es el lloro de la cepa.
– ¿Y por qué llora, abuelo? Ahora no hace tanto frío, debería estar contenta.
– Pues ya sabes, los dos lloráis cuando deberíais estar contentos.
Sí, el abuelo era mi amigo. Ya no lloré y me olvidé de por qué lloraba. Me pasé toda la mañana viendo llorar a la viña y sonriendo a cada gota.
El vino amarillo

El vino amarillo

Encima de la mesa siempre había varias botellas de vino, normalmente tinto, pero un día, el abuelo trajo una diferente. Nunca la había visto y le pregunté si era vino también. Me dijo que sí, pero yo no acababa de tenerlas todas conmigo.

– ¿Cómo se hace el vino amarillo? – le pregunté.

El abuelo cogió unos granos de un racimo de uva negra de la cocina, los aplastó y los dejó caer en un vaso. Así varias veces. Al final, cogí yo uno y también lo aplasté. El vaso se estaba llenando de uvas aplastadas y el zumo se estaba haciendo negro.

– ¿Ves lo que pasa? Así se hace el vino tinto.

El abuelo se estaba haciendo mayor y a veces no entendía lo que le preguntaba. Yo eso ya lo sabía. ¿Por qué me hacía ahora esas cosas? Sin decirle nada, cogió uva blanca e hizo lo mismo en otro vaso, pero entonces la piel no la tiraba al vaso sino que la dejaba fuera. ¡El zumo que quedaba era amarillo!

– Pero no se llama amarillo sino blanco – me dijo el abuelo.

– ¿Blanco? Blanca es la leche pero eso es amarillo, abuelo. ¿No lo ves? Parece pipí.

Al final el abuelo sí que se estaba haciendo mayor.