Categoría: Libros

Paseo por el pasado

Paseo por el pasado


Cuando llegué, estaba dentro de la caja. Habían desmontado la cama niquelada, la que él había comprado para casarse. Al lado, mi abuela, mi madre y mis tíos. Los besé a todos y me quedé mirándolo otra vez. Cerré los ojos y en esos momentos me vinieron a la mente muchos recuerdos de él. Lo veía en el piso de abajo con sus libros, sus aparatos, sus inventos, sus cuadros. No paraba nunca. Siempre tenía algo para entretenerse. Todavía no me había hecho a la idea. Al cabo de un momento oí una voz: “¿Me puedes oír?”

Me quedé paralizado. Abrí los ojos, nadie me miraba. Había sido la imaginación tal vez. Tantos recuerdos. Me dolía un poco la cabeza. Entonces volví a oír la voz: “Ya veo que me puedes oír. Ven, te llevaré en un paseo en el que verás mi vida. Será, un paseo por el pasado”…

La chimenea

La chimenea


Los gritos de dolor de la mujer delataban un parto lleno de miedo y al mismo tiempo de esperanza. “Que sea un niño por favor”, se repetía Josefa sin parar. Las mujeres la miraban con compasión y atendían su evolución cuchicheando en voz baja para que no las pudiera oír.
El fuego de la chimenea era la única iluminación de una habitación que sólo había servido para tener hijas. Tal vez ahora, después de este parto, su utilidad sería mayor.

Los Álvarez de Toledo eran una familia muy unida y aunque sus títulos y posesiones les permitían una posición holgada, no por ello dejaban de acudir a atender a uno de sus miembros cuando la necesidad los llamaba, cosa que sucedía a menudo. Cuando no era Josefa, era María de la Encarnación y cuando no, Jacoba. “Buenas mozas sois”, les decía la matriarca.
A sus cincuenta años, doña Carmen había perdido a su marido hacía siete y lejos de hundirse en la desesperación, buscó refugio en sus hijos, los cuales empezaron a tener prole muy pronto, lo que la hizo mantenerse ocupada durante muchos días del año…
(El balneario)

La prima Aurora

La prima Aurora

A la otra parte, bajando a la izquierda, empezaba la calle el metge Monfort, más abajo la carnicería de les Coquetes y el molinet del Almirante, Vicente Cabedo. El Chato tenía también carnicería y por supuesto estaban los comestibles de Fuset. Antes de él estaban los comestibles de les Gironeses y la carnicería de Margarita. Otra carnicería era la de les Giletes y debajo, el Pando, donde mi padre pasaba las tardes de los sábados jugando al dominó con los amigos. Después de las esca-leras de la Trinidad, venía la carnicería de Poblete, al lado de mi casa y debajo estaba la carnicería de la Lluca. Teníamos también un llanterner, el señor Vicent Terol. Por último, la carnicería de Medina, la farinera del Chorrero y la fábrica de mi padre, bueno, la de Tortosa y Delgado. Casi veinte años viviendo en aquella calle hizo que todas las casas se me que-daran grabadas para siempre.
Los ojos se me abrieron como platos y en el quicio de la puerta vi la figura de Aurora mirándome, sonriendo.
– ¿Dormías?
– Sí, ¿por qué? – pregunté un tanto nervioso.
– Estabas sonriendo. ¿Qué soñabas? ¿Era un sueño bo-nito? ¿Soñabas conmigo? – me preguntó con descaro.
– Ya no me acuerdo – le mentí.
– Anda, levántate que ya es hora – me dijo sin moverse de la puerta.
– Bien, me voy a cambiar.
– ¿Quieres que me vaya? – me dijo insinuante. Eso me puso muy nervioso, tanto que ella se dio cuenta y desapareció de la puerta.
https://www.amazon.com/author/josectorro

La plaça de Baix

La plaça de Baix

Sin salir de casa parecía oír a todas las mujeres en sus puestos, a sus clientas y a las curiosas que solo pasaban sin comprar. Cerré los ojos para repasar mentalmente todos los comercios.

Empezando desde arriba bajando a la derecha, primero estaba la carnicería de Cairols, después los salaureros de Paco Blusa. La señora Pepa la matara vendía especias y luego estaba la panadería de Paquita. En el número catorce, Jose María el formatgero tenía una tienda de espardenyes. Al lado, Vicentica y Maruja, les Graues que tenían salazones.

Portero tenía también tienda de espardenyes. A continuación venían los salazones de Venido y la verdulería de Pascual Tolsá. La Polonia tenía una peluquería de señoras. Después estaba la carnicería Blanca de Santiago Cabanes, un hombre de Bocairent. La tía Margarita la Mollana vivía al lado del tío Catalino, el señor Joaquín Reig.

Casa Barbeta estaba justo antes de las escaleras del Clot. Después de las escaleras, que llevaban a la plaza Latonda, bajo de casa Corta, estaba la fragua de Carota, l’Almásera de Gironés venía después, a continuación la verdulería de la Plana, el Fuster Rafael Arrebola y la borrera de Ferri.

El altet de Sant Joan (1500)

El altet de Sant Joan (1500)

Esta vez, el Consell aprobó que la construcción del convento la dirigiera el maestro Navarro. No hubo ninguna oposición, más bien al contrario, todos estaban de acuerdo en que era el más indicado. Para iniciar los trabajos, el Consell dedicó algunas sisas y gentes particulares contribuyeron con donaciones. De esta forma Pere accedió a iniciar los trabajos.
Por otra parte, el padre Felipe, que se iba a hacer cargo del convento, iba para ultimar la forma de los sucesivos pagos conforme avanzaran las obras y pensó que serían los frailes dominicos de Luchente los que poblarían el convento.
En cuanto comieron y descansaron, salieron en dirección a las obras. Bordearon las murallas de la vila y por delante de la plaza del Consell subieron al altet de San Joan pasando cerca de la iglesia de San Miquel. Varios clérigos asomaron al ver pasar a los frailes. “Ya están aquí”, comentaban entre ellos.
El lugar era un sitio despejado, el más alto de la ciudad. La ermita de San Joan estaba siendo reformada para formar parte del nuevo convento. Los terrenos eran amplios y un fuerte sol y brisa agradable regalaban la maravillosa vista, hecho que entusiasmó a los frailes que no tardaron en comentarlo
– Por lo que veo será éste el convento de los dominicos.
– Así es.
– Nosotros lo llamábamos convento de San Joan.
– Será el convento de dominicos de San Juan y San Vicent – sentenció el padre Felipe.
(El Puente)