El olfato

El olfato

Cada mañana, para ir al trabajo, ella pasaba por el parque.
Sentado en un banco, él esperaba su presencia que le alegraba al alma.
Ella iba siempre contenta, con el paso firme, su falda por encima de la rodilla y una amplia sonrisa que hacía que todos los hombres se giraran al verla.

Un día, él no pudo ir a esperarla y ella, cuando pasó por delante de aquel banco sintió que le faltaba algo. Se paró un momento girándose a todos lados y siguió su camino un tanto desconcertada.

Al día siguiente se dio cuenta que todo volvía a la normalidad y sonrió.
– Ayer no viniste, le dijo sentándose a su lado.
– ¿Cómo lo sabes? – le preguntó él.
Los dos sonrieron. Los dos eran ciegos.

Los dos llevaban siempre un ramillete de nardos en la solapa y ese olor, hacía que se reconocieran.

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