Mantequilla

Mantequilla

El sol iluminaba la cocina desde los grandes ventanales orientados al sur para que siempre entrara el sol en invierno. Era mi lugar preferido y donde pasaba la mayor parte de mi tiempo cuando estaba en casa. Porque cocinar era mi gran pasión. Cuando leía una revista, una amiga me contaba un secreto o, simplemente, se me ocurría cualquier invento extraño, entraba en la cocina y me imaginaba la reina de una ciudad en la que todos hacían lo que yo deseaba.

Aquella mañana había decidido hacer un pastel y me puse manos a la obra. Mientras sacaba los cacharros alguien llamó a la puerta. Miré por la ventana y lo vi. ¿Qué hacía allí tan temprano? Me miré al espejo, me atusé un poco el cabello y poco más porque solo llevaba un albornoz.

Mi corazón se aceleró en cuanto lo vi. Lo hice pasar y nos dimos un beso, lo hacíamos desde que hacíamos el amor, que era cada vez más frecuentemente. Pero a esas horas era la primera vez. ¿Vendría a hacer el amor?

Desgraciadamente no. Me dijo que necesitaba mantequilla. Abrí la nevera y al agacharme sentí su cuerpo detrás de mí, sus manos me acariciaban las piernas y cerré los ojos paralizada. No sabía si moverme o no. Le dejaría hacer a ver hasta dónde llegaba. Noté cómo me levantaba el albornoz, me bajaba las bragas y allí mismo empezó a penetrarme. Estaba húmeda y él lo sabía. Su pene entró con toda facilidad y empecé a gemir. Me quité el albornoz como pude y me quedé desnuda para que pudiera disfrutar mejor de mí. Una mano llegó a mis pechos y mi placer fue aumentando. Empujaba cada vez más fuerte, sentía sus jadeos y sabía que no iba a tardar a correrse. Me gustaba que lo hiciera dentro de mí.

Como pude, cogí la mantequilla, me di la vuelta y poniéndome a su altura le dije que quería jugar con ella. Lo besé cogiéndole el pene con la otra mano. Me senté encima de la mesa y él se desnudó. Luego se agachó, me levantó las piernas y empezó a chuparme mientras yo me untaba los pechos. Él me miraba mientras me chupaba. Sabía que quería penetrarme y no tardó en hacerlo. Cogió la mantequilla, se untó el pene y me penetró, me chupó los pezones y esta vez tuve el primer orgasmo.

Cuando veía que sus ojos se ponían en blanco sabía que se iba a correr. Aunque yo también quería, deseaba más tenerlo en mi boca y saborearlo. Le pedí que parara y se quedó sorprendido porque quería ver el cielo. Ahora lo verás, le dije. Me agaché, se lo cogí y me lo puse en la boca. Sus manos me acariciaron los pechos y así empecé a sentir su semen caliente. No me lo tragué, lo dejé correr por mis pechos que él seguía acariciando. Cuando lo sacó todo se agachó y nos besamos.

Tendremos que ducharnos, me dijo. Sí cariño, nos duchamos y nos acostamos, estarás cansado.

Al final no hice mi pastel pero la mantequilla me supo a gloria.  

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